9.21.2011

Lehman.

Los hermanos Lehman salieron de su Baviera natal por orden de aparición en el gran escenario de la vida y llegaron a los Estados Unidos de forma paulatina. Sin prisa pero sin pausa. El primero en pisar tierra americana, en 1844, fue Henry –que en su tierra de nacimiento debió llamarse Heinrich- y fiel a la tradición familiar –el padre era tratante de ganado- abrió un comercio en Montgomery, Alabama, al amor de la abundante producción de algodón de ese estado.

En 1847 llegó su hermano Emanuel y tres años más tarde apareció Mayer, el menor, y la compañía fundada por Henry seis años antes adoptó el nombre de Lehman Brothers.

En 1858 se trasladaron a NY y allí se afianzaron y supieron detectar el negocio en su misma raíz: las materias primas. A partir de ese momento el crecimiento fue imparable, los Lehman sortearon si dificultad los escollos de la guerra civil norteamericana y de la gran depresión e iniciaron una política de diversificación, de absorción y de fusiones que los encumbró al cabo de pocas décadas.

En los años ochenta del siglo veinte sufrieron alguna dificultad, encontraron alianzas, se fortalecieron de nuevo y despegaron otra vez sin mayores contratiempos. Finalmente, el 15 de septiembre del 2008, los Lehman entregaron armas y bagajes en el juzgado correspondiente y se declararon en quiebra con un pasivo de 613.000 millones de dólares. La quiebra más grande jamás contada.

A todo esto las agencias de rating, las respetadísimas Fitch, Standard & Poors y Moody’s, no vieron o no supieron ver –o no quisieron- el descalabro que se avecinaba. A pesar de lo que se intuía, a pesar de los datos y de los filtros y de sus sofisticados métodos de detección. Sin perder por ello ni un átomo de credibilidad por parte de estados y organizaciones financieras de ámbito mundial. Nada. Pelillos a la mar.

Hurgando en la superficie no cuesta encontrar en las cúpulas de las grandes entidades nombres que comparten intereses y responsabilidades en bancos, empresas, agencias y otros centros de decisión de alcance planetario. El señor Warren Buffet, por poner un ejemplo, controla entre otros negocios una parte considerable del capital de Moody’s. No me parece improbable que su capacidad de influencia –no en vano es considerado el hombre más rico del mundo- pueda afectar decisiones, o al menos puntos de vista y formas de enfocar el día a día, de algunos de sus ejecutivos más relevantes y que ello matice finalmente movimientos, tendencias, rumores, afanes, subidas y bajadas.

Quede claro que no estoy en contra de la obtención de riqueza. Ni del poder que la riqueza lleva implícito ni de la capacidad de influencia de los poderosos. Me limito a observar, a relacionar y a lamentar el triste papel que la gente que hemos votado para dirigir nuestros paìses respectivos escenifica a diario en ese entorno mundial, lo cual me lleva a cuestionarme una vez más la utilidad de la democracia en su planteamiento actual.

Si comparamos el discurso de nuestros políticos con los de cualquier ejecutivo de alto nivel el resultado es penoso, lamentable y acongojante. La estrechez de miras, el aislamiento de la realidad, el sempiterno recurso a la comparación de su actuación con la del contrincante. La ineficacia, la escasa cultura, el mínimo nivel profesional. La absurda burbuja en la que viven, se relacionan y trabajan. La nula preparación. La tristeza que propagan, la irresponsabilidad. La patochada. El ridículo.

El miedo.


Pierre Roca