4.23.2012

Independencia.

Escribo este texto en castellano para que sea entendido en más sitios y por más gente. Si en el seno de un matrimonio –o de cualquier grupo- una de las partes expresa la intención de marcharse, desvinculándose así de su oponente o del resto del grupo y deshaciendo el acuerdo, la otra parte -u otras partes- podrá insistir, explicar, razonar, pedir e incluso rogar para intentar convencer a quien quiere dejarlo, pero si la decisión es firme la pareja se disolverá ineluctablemente, con razón o sin ella y pese a quien pese, dando lugar, por poco que se intente, a una buena amistad. Si quien se opone a la ruptura se enroca, rehúsa el diálogo, no cede, amenaza y se torna intransigente en los argumentos y violento en las formas, la convivencia se malogrará, el enfrentamiento se agudizará y se tornará crónico y el conflicto estallará finalmente, rompiendo en mil pedazos lo que estaba unido y dejando tras de sí la herencia de un malentendido permanente de muy difícil solución. El ejemplo vale asimismo para los estados. Si una porción del estado -y sus habitantes- desea independizarse, es infinitamente más razonable y más sabio eludir el conflicto abierto, negociando la salida de los descontentos de la mejor forma posible y manteniendo con la nueva entidad nacional relaciones cordiales y de colaboración. Descartando cualquier enfrentamiento abierto y otorgando valor al nuevo estatuto, propiciando así cordiales y fructíferas relaciones futuras. ¿No es mejor que la región díscola –expresión acuñada por el franquismo de la primera época- sea a su vez estado y no se convierta en comunidad incómoda de reivindicación permanente? El tránsito hacia la independencia exige un intenso trabajo previo para limar odios, rencillas y descalificaciones, todo ello con la finalidad de que la secesión, fluida y acordada mediante referéndum por los habitantes del territorio que anhela separarse, sea beneficiosa para ambas partes. Se trata de desactivar odios e incomprensiones, sustituyéndolos por relaciones de buena vecindad, por prósperos intercambios, por facilidades y por colaboración al más alto nivel y en beneficio de los dos estados: el mayor, desgajado de su región descontenta y el más pequeño, convertido en flamante nuevo estado europeo. ¿Ingenuidad? Prefiero pensar que es sentido común y que más tarde o más temprano nuestro país será administrado por políticos inteligentes –haberlos haylos- que tomarán decisiones a favor de lo que decida el pueblo soberano que los ha elegido. Políticos que preferirán el diálogo a la amenaza, que pensarán que nada es eterno ni inamovible –ni siquiera la sacrosanta unidad de los estados- y que no hay mal que cien años dure. Catalunya, comunidad del noreste del estado español en la que habito y a la que me estoy refiriendo, tiene una superficie parecida a la de Suiza, una población similar y una identidad nacional tanto o más fuerte que la de ese ejemplar país centroeuropeo. Cuanto peor tratados nos sentimos por el estado español más ganas tenemos de independencia real y sin cortapisas. De asumir nuestras propias responsabilidades lejos del interesado paternalismo español. Cuando podamos independizarnos, espero que más pronto que tarde, España respirará aliviada y nosotros nos enfrentaremos al fantástico reto de andar solos, dejando atrás resquemores, suspicacias e incomprensiones. Trabajaremos, prosperaremos y viviremos en paz con nuestros vecinos más inmediatos -la propia España, Francia y Andorra- y con el resto del planeta. ¿De verdad les parece un proyecto tan descabellado? Pierre Roca